El Periodista de El Confidencial y miembro de la APIE publica el libro «Capitalismo de amiguetes. Cómo las élites han manipulado el poder político»

Con frecuencia los tópicos se convierten en palabras que van volando de boca en boca por puro automatismo, sin que nadie se preocupe por indagar cuál fue su origen y si tienen algún punto de razón. Carlos Sánchez, en su último libro, toma como punto de referencia y de partida el denominado «atraso histórico» de España, un término quizá más repetido que investigado, y llega a dos conclusiones básicas: la primera, que el tópico identifica una realidad palpable y la segunda, que su origen se encuentra en «un país condicionado de forma permanente por sus élites». Un sistema clientelar instaurado en la Restauración y cimentado durante dos dictaduras y una democracia que no pudo, no supo o no quiso atajar lo que el autor denomina un «devenir malicioso en la medida que una aristocracia económica hizo prevalecer los intereses particulares sobre los generales».

¿Estamos ante un libro de economía o un libro de historia?

Ambas cosas. La economía no se entiende si no profundizamos en nuestro pasado. Creo que situar el contexto y los antecedentes es clave para entender los procesos económicos. Desgraciadamente, la obsesión por el último minuto muchas veces nos lleva a perder de vista la necesidad de analizar los fenómenos económicos con perspectiva histórica. Los lectores siempre lo agradecen.

Quisiera que nos explicaras un poco el título. ¿No induce un poco a confusión? Parece referirse al último escándalo político o financiero, y no a un problema atávico en la economía española.

El título es una traducción libre de crony capitalism, algo así como «capitalismo clientelar», un concepto muy utilizado en el análisis económico desde el punto de vista institucional. Se refiere a la influencia que tienen determinadas organizaciones o personas, sobre todo las élites, sobre el poder político, lo que en determinadas ocasiones hace que no se atienda el interés general y, en su lugar, se premie el particular. En los últimos años, desde la crisis financiera de 2008, cada vez más economistas ven en el deterioro de la calidad institucional de los países una fuente de retroceso económico. Y España, desgraciadamente, ha tenido demasiados tiempos convulsos. Dos dictaduras en el siglo XX y decenas de asonadas militares en el siglo XIX, además de tres guerras carlistas. Eso explica en parte nuestro atraso histórico.

En España, según demuestras, ese “capitalismo de amiguetes” siempre ha estado ahí. Las prácticas, y sus consecuencias, no parecen cambiar, o si lo hacen es lo justo para que todo siga igual. Y hablas de unas prácticas que llevan siglos en marcha.

Sí, es un viejo problema con el que la economía española ha convivido desde hace mucho tiempo. Afortunadamente, con la llegada de la democracia y, sobre todo, con nuestra incorporación a la Unión Europea todo ha cambiado. Pero sigue habiendo inercias por la mala influencia de determinados sectores sobre el poder político. Es necesaria más transparencia, pero también es fundamental conocer de dónde venimos. Las malas decisiones afectan negativamente a todos y favorecen sólo a unos pocos. Hace poco más de treinta años ni existían la CNMC ni la CNMV ni la AIReF, y ahora están ahí para fiscalizar al poder. Es una buena noticia. Pero nos faltan todavía cosas, como una legislación específica sobre los lobbies.

En otros países, buena parte del capital y el poder financiero están también concentrados en unas determinadas familias y círculos sociales, pero su situación y su dinámica son muy distintas. ¿Qué hacen ellos que nosotros no hagamos?

Nos falta que las instituciones de control que hemos creado en los últimos años cuenten con más medios para ser más eficaces. Pero también una nueva cultura de lo público para que cualquier funcionario se sienta respaldado y no necesite caer en la tentación de favorecer a los más privilegiados. Para eso es importante que funcione adecuadamente el sistema judicial, que sea más rápido y cuente con mejores normas. Tenemos que aprender de los países con más calidad institucional, donde se responde de forma más efectiva a los casos de amiguismo y, por supuesto, de corrupción. No es normal que un procedimiento judicial esté abierto durante más de una década.

¿Estamos ante una situación que ha originado oportunidades perdidas para nuestra economía? España no ha estado presente en nuevas áreas de negocio como la genómica, la tecnología, y parece que tampoco lo estará en la economía verde. ¿Hay otros campos donde podamos perder el tren?

Sin duda. La mejor demostración es que cuando la economía se ha abierto al mundo y ha creado mayor competencia, las cosas nos han ido mejor. En el pasado el proteccionismo o los aranceles se han utilizado para beneficiar a las élites. El resultado es que los consumidores han tenido que pagar más por el mismo producto. La apertura de la economía española al mundo ha sido la mejor noticia desde 1977. Cuando hay competencia, el amiguismo se encoge. Los historiadores siempre lo han identificado como una de las causas del atraso histórico de España. Es fundamental aprender de los avances exteriores para impulsar el conocimiento en esas materias que mencionas. No podemos salir adelante protegiendo artificialmente a sectores demasiado maduros o de bajo valor añadido.

España no se ha caracterizado tampoco por su presencia en la comunidad científica internacional, ni por las aplicaciones prácticas de la investigación en los distintos mercados. ¿Ves alguna relación entre esta situación y la que describes en tu libro?

La protección abusiva de determinados sectores durante buena parte de los últimos 150 años explica que muchas empresas no hayan tenido incentivos para investigar o generar una producción científica. Al existir un mercado protegido, era mejor conspirar para influir en el BOE. Pero creo que eso está cambiando. Ahora bien, todavía estamos a la cola en inversión en I+D+i en el sector privado. Esa falta de incentivos es lo que está detrás de que España todavía esté lejos de alcanzar la media de renta per cápita con la UE. Es un problema muy serio que refleja la mala influencia de determinadas inercias.

Y la última pregunta es obligada: ¿Qué puede hacerse para cambiar las cosas?

Sin duda pasa por pensar a largo plazo. Esperar que la protección de los poderes públicos va a salvar el futuro de una empresa es un suicidio. Hay que competir y dejar que el Estado redistribuya los recursos públicos con eficiencia y equilibrio para procurar el bienestar de todos y no sólo de unos pocos. Mejorar las leyes es clave y, sobre todo, más transparencia. El debate no es si hay puertas giratorias, sino si la sociedad conoce las actividades que ha podido realizar un alto funcionario durante su paso por la Administración. Pero para eso también es necesario que el sistema judicial funcione.

 

Capitalismo de amiguetes. Ed. HarperCollins Iberica. Madrid, 2024. Precio: 20,99 euros.